San Ignacio de Loyola comienza sus Ejercicios Espirituales con una afirmación que es, a la vez, brújula y destino: El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima (EE 23). Este “Principio y Fundamento” no es una mera declaración piadosa; es la roca sobre la que se edifica una vida con sentido. Ignacio nos recuerda que en lo más hondo del ser humano no habita el vacío, sino un anhelo de trascendencia, una sed de propósito que solo se sacia cuando nuestra libertad se orienta hacia su Creador. Toda la existencia se convierte, entonces, en una gozosa búsqueda para responder a una pregunta esencial: ¿cómo puedo yo, con mi historia, mis dones y mis fragilidades, alabar, reverenciar y servir a Dios de la mejor manera?

Varones jóvenes escribiendo en medio de una dinamica, alrededor de una mesa
Varones adultos en una eucaristia y en reuniones
Varones jóvenes y adultos en reuniones

Responder a esta pregunta es el corazón del discernimiento vocacional. Es reconocer que Dios, que nos ha amado primero, nos sueña en un estado de vida no solamente feliz, sino en pleno servicio de su Reino a partir de los dones que nos ha regalado. 

La Pastoral Vocacional se enmarca en esa misión que encomienda la Compañía de Jesús universal: “Mostrar el camino hacia Dios” (PAU 1). Acompañamos al joven en la búsqueda de la voluntad de Dios para su vida. Desde ahí se propone un camino de discernimiento, que respeta el ritmo de cada joven inquieto, y que se va profundizando paso a paso.