Novicios jesuitas profesan sus votos del bienio
Novicios jesuitas profesan sus votos del bienio
01/08/2026, Rep. Dominicana: Los novicios Emmanuel Ramírez (Provincia de México), Luis González (Provincia del Caribe) y Augusto Jarquín (Provincia Centroamérica), profesaron sus votos del bienio en la Parroquia San Bartolomé de Gurabo, Santiago de los Caballeros.
Luego de dos años de formación en el noviciado “San Estanislao de Kostka” (Santiago de los Caballeros, Rep. Dominicana), profesan sus votos simples, que los comprometen a seguir a Dios en pobreza, castidad y obediencia en la Compañía de Jesús. Para este momento significativo de su camino en la vida religiosa, fueron acompañados por familiares, amigos y maestros.
Arrodillados frente al Cuerpo y Sangre de Cristo, pronunciaron sus votos de pobreza, castidad y obediencia perpetuas en la Compañía de Jesús, y prometen entrar en la misma Compañía, para vivir en ella perpetuamente, entendiendo todo esto según las Constituciones de la Compañía.
El Padre Maestro Cristian Peralta, SJ entregó el crucifijo a los nuevos escolares jesuitas, invitación a configurarse con Cristo y a servir a los crucificados de la Historia. Estas cruces no son nuevas, pertenecieron a jesuitas ya fallecidos, que ceden sus cruces al final de sus vidas para que otros las tomen y puedan seguir perseverando dentro de la misma Compañía.
Al finalizar la misa, los jóvenes tuvieron palabras de gratitud (en español e inglés), para quienes siguieron en vivo desde sus países de origen la transmisión que hizo de la misa el canal Luz Divina TV; para quienes les acompañaron y quienes les inculcaron la fe, así como para los maestros de novicios y sus ayudantes, connovicios y hermanos jesuitas.
A continuación ofrecemos la HOMILÍA del Superior Provincial del Caribe, P. Jorge William Hernández, SJ, durante la celebración.




1 de agosto de 2026
Noviciado del Caribe · Santiago de los Caballeros, República Dominicana
Dt 6, 2-9 · Sal 118 (119) · Flp 2, 6-11 · Jn 6, 60-69
Queridos hermanos y hermanas:
En el día de ayer celebrábamos la fiesta de San Ignacio. Hoy, en el mismo Espíritu que lo inspiró, tres jóvenes, hijos de tres culturas diferentes, de tres familias únicas, dan su primer paso de incorporación a la Compañía con un sí libre frente a Dios, para vivir más plenamente su bautismo. Cinco siglos después de Ignacio y sus compañeros, hacen sus votos de castidad, pobreza y obediencia ante Dios, en la Compañía de Jesús.
Deseo antes de continuar presentarlos:
Emmanuel Ramírez Flores es de México, hoy lo acompañan su mamá, hermanos y padrinos. Viene de una familia que ha vivido desde sus inicios la fe católica. Emmanuel estudió comunicación y su fe al servicio de la justicia le ha llevado a la misión de luchar junto a las madres que en México no desfallecen en la búsqueda de la justicia por los tantos hijos desaparecidos por causa de la violencia.
Luis Manuel González Díaz es el más joven de los novicios. Es de Miami, Estados Unidos, aunque su madre nació en Venezuela, proviene de una familia de origen cubano. También lo acompañan familiares y amigos. Su juventud no le ha impedido tener la madurez necesaria para recibir de Dios su vocación y cuidarla ante múltiples adversidades. Es egresado de nuestro colegio Belén en Miami, y su liderazgo en el centro católico de pastoral en la universidad de New York lo ayudó a disponerse para escuchar la voz de Dios.
Augusto José Jarquín, nicaragüense, de la Provincia Centroamericana, su familia hoy no ha podido estar presente aquí, pero lo acompañan desde la distancia. Su madre está con Papá Dios y sabemos que vela por la vida de su hijo, como centinela a la aurora. En la vida de Augusto el cuidado y la educación de su abuela y de sus tíos han sido un regalo de Dios. Augusto estudió comunicación en la UCA en Nicaragua y su vida ha estado marcada por una gran sensibilidad social.
Las lecturas que ustedes, como comunidad de noviciado, han escogido nos refieren a tres palabras: escuchar, despojarse, permanecer.
I. Escuchar
«Escucha, Israel: el Señor, nuestro Dios, es solamente uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas» (Dt 6).
Es una de las oraciones más antigua, sentida y más querida del pueblo de Israel. Y lo primero que Dios pide no es hacer ni dar ni cumplir. Lo primero es escuchar.
Desde esta dimensión, los votos que hoy van a pronunciar son una respuesta. Antes de que ustedes pudieran desear pronunciar el contenido de sus votos, Dios le ha hablado a cada uno. Empezó hace mucho tiempo, en sus familias, en una parroquia, en un colegio, en un grupo de fe, en la conversación con una amistad o en una noche larga frente al Santísimo Sacramento.
Y por eso los invito a que hoy miren hacia atrás y que puedan contemplar desde dónde Dios les ha hablado y ustedes han aprendido a escuchar. Fue una familia cubana que siguió rezando en un país nuevo y en un idioma que no comprendían. Fue una casa mexicana donde la fe se hereda como se hereda el apellido. Fue una abuela nicaragüense que aprendió a sostener la esperanza cuando sostenerla cuesta caro. Queridas familias, ustedes sembraron. Hoy la Compañía de Jesús recibe una cosecha. Gracias, tenemos la misión de cuidarlos.
En este ejercicio de escucha pedimos: «conocimiento interno del Señor, que por nosotros se ha hecho hombre, para que más le amemos y le sigamos». Conocimiento interno: no información sobre Jesús, sino familiaridad con él. Queridos novicios que hoy, después de esta Eucaristía, serán religiosos de votos perpetuos simples en la Compañía de Jesús, si dejan de escuchar, los votos se convierten en un don, pero también en una tarea que no siempre será fácil de cumplir. Si siguen escuchando, cada uno de los votos se convertirá en un modo de amar, de vivir y de entregarse.
II. Despojarse
«Cristo Jesús, siendo de condición divina… se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo… se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte» (Flp 2).
Este himno de Pablo a los Filipenses nos ayuda a acercarnos al espíritu de los tres votos que ustedes van a pronunciar, no son tres renuncias sueltas: es el movimiento de Cristo. Cristo baja.
Se despojó: ahí está la pobreza. La pobreza es como la libertad de manos vacías, para que nada ocupe el lugar de Dios en sus corazones y que nada les impida ir a donde el Señor los mande.
Tomó la condición de esclavo: ahí está la castidad. Un corazón que no se reserva para unos pocos porque quiere alcanzar a muchos. Es un corazón ensanchado. La castidad que nos hace más disponibles, más capaces de acompañar al que sufre. Realmente no podemos mentir, la castidad también es soledad, sí, pero abierta a la presencia de Dios como el tesoro más valioso al que se peude aspirar.
Obediente hasta la muerte: ahí está la obediencia. La más difícil, y la más nuestra. Obedecer no es renunciar a pensar. Es aceptar que la misión no me pertenece, que yo no soy el dueño de mi vida ni el arquitecto de mi camino, quizás un gran arqueólogo de mi interior, y que la Compañía discierne conmigo y a veces por delante de mí. El mundo les va a proponer siempre la ruta contraria: sube, destaca y asegúrate. El Evangelio propone descender. Y ese descenso no es humillación: es fecundidad.
Ustedes tres vienen de tierras que saben de eso. Saben de exilio, de familias partidas por una frontera, de una Iglesia que en algunos lugares camina en la prueba y sigue caminando. Por eso sus votos de hoy no son un asunto privado entre ustedes y Dios, sino una palabra dicha en voz alta a sus pueblos: hay algo que ninguna crisis, ningún destierro y ningún poder puede confiscar, y es la libertad de un hombre que se entrega por amor, así se entregó Jesús y nosotros estamos llamados a ser esos peregrinos bajo el estandarte de su Cruz.
III. Permanecer
«Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso? […] Desde entonces, muchos discípulos suyos se volvieron atrás. Entonces Jesús dijo a los Doce: ¿También ustedes quieren marcharse?» (Jn 6).
El Evangelio nos hace caer en cuenta de que llegará un momento en el cual no podemos prescindir de la pregunta que Jesús hace a sus discípulos. Jesús acaba de decir algo difícil, la gente se incomoda, y muchos se van. El Señor no corre detrás de ellos ni suaviza el mensaje. Solo se vuelve a los suyos y les hace la pregunta más honesta del Evangelio: «¿También ustedes quieren marcharse?».
Estimados novicios, esa pregunta Jesús se la hará a ustedes muchas veces. No hoy; se la hará dentro de unos años, en una comunidad o misión donde no se sientan bien. En un destino que no pidieron. Cuando un superior se equivoque; lo sabemos, se va a equivocar. Cuando la oración se ponga seca y larga. Cuando descubran que la Compañía está hecha de hombres reales. Cuando esto suceda contemplen al discípulo que Jesús colocó como cabeza de la Iglesia. Pedro no dice «yo lo tengo clarísimo». No dice «yo nunca dudaré». Dice: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna».
Por eso los votos que hoy pronuncian son perpetuos en la intención, pero se viven de día en día. Nadie es fiel de una sola vez. Se es fiel esta mañana, y mañana otra vez, y pasado mañana otra vez. Estos primeros votos no son una meta alcanzada: son la primera de muchas veces que dirán que sí.
Envío
Dentro de unos minutos van a pronunciar sus nombres delante de Dios, de esta comunidad, de esta iglesia en particular. Retengan las tres palabras.
Escuchen, para que los votos nazcan siempre de un encuentro.
Despójense, con alegría, siguiendo a Cristo.
Permanezcan, sobre todo el día en que sea difícil, porque no hay otro a quien ir.
Que los acompañen las madres que ustedes traen en el corazón: la Virgen de la Caridad del Cobre, Nuestra Señora de Guadalupe, la Purísima Concepción, y aquí, en esta tierra que los ha acogido, Nuestra Señora de la Altagracia, Nuestra Señora de la Merced. Ellas saben lo que es decir «hágase» sin conocer el final del camino.
Dios les bendiga.
AMDG


















