Homilía del P. Jorge William Hernández SJ, nuevo Provincial del Caribe, en la solemnidad de San Ignacio de Loyola
Homilía del P. Jorge William Hernández SJ, nuevo Provincial del Caribe, en la solemnidad de San Ignacio de Loyola
Solemnidad de San Ignacio de Loyola
31 de julio de 2026 — Santo Domingo
Provincia Jesuita del Caribe
Hermanas y hermanos:
Cada año el 31 de julio nos trae a la memoria la fiesta de San Ignacio de Loyola. Es un día donde toda la familia que comparte la espiritualidad ignaciana se reúne para dar gracias a Dios y renovar la fraternidad como amigos en el Señor y compañeros en la misión. Este año, además, damos gracias a Dios por el servicio fiel y generoso del P. Martín Lenk, SJ, quien con generosidad ha servido como provincial durante seis años.
Las lecturas nos ayudan a ponernos en sintonía con la vida de Ignacio y su legado como hermano mayor que nos mostró un camino posible para encontrar a Dios. Nos subrayan el significado de sabernos llamados, el costo muchas veces del seguimiento a Jesús, y no menos importante, dónde está el origen de la fuerza para hacer el camino.
Al Santo de Loyola, Dios lo fue encontrando poco a poco, desde la herida en Pamplona, la convalecencia en su tierra natal, en una cueva de Manresa, en los hospitales, en las universidades, en los caminos de Tierra Santa. Fue transformándose en alguien que dejó de buscar su propia gloria para, entre arenas movedizas, encontrar la mayor gloria de Dios. Deseo citar al papa León en su discurso a las autoridades durante su visita apostólica a España en junio de 2026:
Como nos ha enseñado otro noble hijo de esta tierra en las pruebas y los fracasos, es posible replantearse todo. Ignacio de Loyola tuvo esta audacia, dando crédito a las desolaciones y consolaciones de su corazón. En un ejercicio de discernimiento e imaginación, por el cual prefirió la paz a las armas y los santos a los poderosos, comprendió que el bien al que se sentía atraído no era utópico y entonces su crisis se transformó en gracia.
Lo presentó como un ejemplo de resiliencia espiritual, uno que no se dejó hundir por la adversidad, sino como aquel que se dejó moldear por la gracia y supera las crisis.
I. Un fuego que quema desde adentro
En la primera lectura encontramos uno de los pilares de nuestra espiritualidad de la mano del profeta Jeremías, es la confesión de: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”. Una frase que hoy sigue siendo un gran desafío para nosotros. El profeta no habla de una vocación serena y ordenada. Habla de una lucha, de un combate interior: “pero había en mí como un fuego ardiente, encerrado en mis huesos; yo me esforzaba por contenerlo y no podía”.
Iñigo de Loyola, también tuvo esta misma experiencia del fuego interior del que habla el profeta. Como he dicho antes, no fue de golpe, sino poco a poco. Mientras se recuperaba de sus heridas en Loyola, comenzó a notar algo: las fantasías de caballería y gloria humana le generaban entusiasmo, pero luego lo dejaban vacío. En cambio, cuando imaginaba seguir a Cristo y servir a los pobres, sentía una paz que permanecía. Ese contraste fue la primera experiencia de discernimiento de su vida. Dios lo iba seduciendo desde adentro.
Dios hoy sigue seduciendo corazones, como sedujo los de Jeremías e Ignacio, por lo que podemos seguir preguntándonos: ¿Qué fuego llevamos dentro? Ese fuego, cuando viene de Dios, no se apaga, muchas veces podemos intentar sofocarlo, pero tarde o temprano quema.
II. Discernir desde el Amor recibido
Jesús en el Evangelio que hemos escuchado habla de renunciar: a la familia, a los bienes e incluso a uno mismo. Pero el espíritu de la enseñanza no es la renuncia por la renuncia. Es la sabiduría, la templanza, la sensibilidad del Reino. Seguir a Cristo no se reduce a un impulso emocional; es una decisión que se toma con los ojos abiertos. En los Ejercicios Espirituales, como hemos experimentado también nosotros, no se intenta adivinar la voluntad de Dios. Es un proceso: de poner en orden los afectos, de examinar las mociones interiores y de deliberar con libertad. El discernimiento ignaciano toma precisamente lo que Jesús propone en el Evangelio: la claridad que precede al compromiso.
En este mismo espíritu, san Pablo, en la carta a los corintios, lo dice con una firmeza que muchas veces nos desarma: “Todo lo que hagan ustedes, sea comer, o beber, o cualquier otra cosa, háganlo todo para gloria de Dios”. Este es el lema que Ignacio convertiría en el corazón de su espiritualidad: Ad maiorem Dei gloriam (Para mayor gloria de Dios. AMDG).
Tal vez hoy es importante entender lo que eso no significa. No significa grandilocuencia ni significa obras espectaculares o proyectos monumentales. Significa orientación. Comer puede ser para gloria de Dios, beber puede ser para gloria de Dios, acompañar una provincia puede ser para gloria de Dios, limpiar una cocina en una comunidad puede ser para gloria de Dios. Lo que importa no es la magnitud de la acción, sino la dirección del corazón.
III. Un cuerpo apostólico y una la misión plural
Hay algo que esta celebración hace visible de manera especial. Miremos alrededor. Esta eucaristía nos reúne amigos en el Señor de la Compañía provenientes de Guyana, Jamaica, Trinidad y Tobago, Cuba, Miami, Haití y la República Dominicana. Diferentes lenguas, culturas y contextos de misión. Y, sin embargo, un solo cuerpo apostólico. Nuestra región del Caribe tiene muchos desafíos comunes, también existen algunos particulares, no es tan importante la uniformidad, sino la unión: el amor a Cristo, la disponibilidad para la misión, la obediencia al Espíritu. Y la tarea de todos nosotros es ser ese cuerpo generoso, disponible y unido.
Busquemos la consolación que no engaña, volvamos al comienzo. “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir”. Hay algo profundamente ignaciano en esas palabras de Jeremías. Ignacio descubrió que Dios actúa por atracción. Que el Espíritu Santo trabaja desde adentro, generando deseos, afectos, consolaciones que llevan hacia el bien. La consolación que viene de Dios tiene una característica: genera frutos duraderos. No deja vacío. No produce ansiedad ni orgullo. Deja humildad, paz, caridad, deseo de servir.
Para terminar
Hermanas y hermanos, la fiesta de San Ignacio no es la celebración de un pasado glorioso. Es una pregunta dirigida a cada uno de nosotros en el presente. ¿Dónde está ese fuego en mi vida?, ¿con qué claridad estoy teniendo en cuenta el costo de seguir a Cristo?, ¿está orientada mi vida hacia la mayor gloria de Dios?, ¿estoy siendo, de verdad, parte de un cuerpo apostólico, o me muevo como individuo solitario? y ¿sé reconocer la consolación que viene de Dios y la que no?
Ignacio respondió esas preguntas con su vida. No de una vez, sino día a día, en el examen de conciencia que practicó hasta el final. Y esa es, quizás, su mayor herencia: no un método, no una espiritualidad de élite, sino una actitud —la de quien vive con los ojos abiertos, atento a los movimientos del Espíritu, disponible para ser enviado.
Que de nosotros pueda decirse lo que Jeremías confesó: que intentamos callar el fuego, pero no pudimos. Porque era de Dios.
Por último, quiero que juntos encomendemos y demos gracias hoy al P. Martin Lenk por años de servicio orientados en esa dirección. Una Provincia no se acompaña sin desgaste, sin tensiones, sin noches de incertidumbre. Acompañar para mayor gloria de Dios significa precisamente eso: que aun en el desgaste, la brújula apunta al mismo norte.
Ad maiorem Dei gloriam.
P. JORGE WILLIAM HERNÁNDEZ, SJ